UN ENOJO JUSTO EN EL MATRIMONIO

Dios tiene razones para enojarse. Observamos en Su palabra diferentes ocasiones donde expresa enojo con aquellos que se levantan contra Él y Su pueblo. Por ejemplo como lo hizo con Faraón que esclavizó a los israelitas y los persiguió hasta el mar Rojo. También muestra Su enojo contra los que ocasionan dolor y sufrimiento hacia los indefensos y desprotegidos. Al final, Su ira arderá contra aquéllos que sean obstinados y no se arrepientan ante Su Evangelio de Gracia, etc.

Esto nos enseña que el amor debería enojarse con las cosas que enardecen el corazón de Dios, incluso en nuestros cónyuges.

Deberíamos sentirnos indignados cuando atacan el honor de Dios y maltratan a Su pueblo.
Es verdad que la Escritura advierte sobre el enojo sin causa, pero a veces nuestro enojo si tiene una razón. Y mientras el amor nos conduzca a ser moderados en nuestras reacciones, está bien usar el enojo cuando hay cuestiones importantes en juego.

El enojo justo habla la verdad en amor, y tiene como objetivo restaurar en lugar de destruir. El amor dura más que el enojo

Sal. 30:5

Como el enojo es un sentimiento poderoso, a veces estalla antes de que nuestro sentido común lo detenga. Sentimos que crece dentro de nosotros y solo deja unos segundos para decidir si actuaremos en base a él o no. Pero una vez que reconocemos su apariencia, y nos damos cuenta que quiere controlar la situación, si somos sabios, lo dominaremos.

Puede parecer que el enojo está por brotar de nosotros, pero el amor no lo dejará respirar. Incluso el enojo de Dios, aunque es santo y justificado, siempre queda atrás con rapidez, luego de cumplir su propósito.

También nuestro enojo, aunque a veces sea adecuado, debe permanecer bajo el control del amor. De lo contrario siempre querrá escribir el libreto de lo que sucede a continuación, en lugar de representar su papel bajo la dirección, la autoridad y el control de la paciencia piadosa.

Nuestro amor paciente debería ser un atributo del cual nuestro cónyuge pudiera depender en cualquier momento, incluso cuando haya estado equivocado y nuestro enojo sea justificado.

Es necesaria la paciencia en nuestro matrimonio. No sólo porque nuestro cónyuge se beneficia, sino porque la naturaleza de Dios es ser compasivo y clemente.

Cuando somos paciencientes con nuestro cónyuge, nos parecemos a nuestro Padre celestial.

Si nuestro amor tiene que ser como el amor de Dios, debe ser lento para la ira, listo para entregarse y rápido para perdonar.

Un abrazo a tiempo y una palabra de afirmación pueden sanar heridas que los años no han podido cerrar.

Debemos pedir a Dios en oración, que nos dé discernimiento y sabiduría para expresar un enojo justo y adecuado cuando sea necesario hacerlo. Y que Dios lo use para traer restauración en lugar de más agravios.

Un matrimonio feliz no es aquel donde no hay problemas, sino aquel donde ambos han aprendido a perdonar.

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