Crónicas Bíblicas: la Hermana de Moisés, Miriam 1 Parte

Por John Macarthur

Primera Parte

CRÓNICAS BIBLICAS

MIRIAM: LA PROTAGONISTA DEL ÉXODO

Porque yo te hice subir de la tierra de Egipto, y de la casa de servidumbre te redimí; y envié delante de ti a Moisés, a Aarón y a María.

MIQUEAS 6:4

SEGÚN LOS DATOS DEL CENSO, EL NOMBRE DE MUJER más común en Estados Unidos ha sido históricamente Mary. De hecho, M a r y (o María) comprenden el nombre de variantes de mujer más popular en el mundo occidental.

Esto se debe, claro está, al legado espiritual de la madre de Jesús, María. Debido a la destacada manera en que Dios la usó, se ha puesto a otras mujeres este nombre más que ningún otro.

Pero, ¿alguna vez se ha preguntado por qué se le puso a ella María? Aquí tiene una pista: la forma griega de su nombre es en realidad Mariam. Como muchas mujeres a lo largo de la historia judía, María fue un nombre usado en memoria de una de las heroínas más fascinantes e inconcebibles del Antiguo Testamento.

Su homónimo fue nada más ni menos que Miriam la hermana de Moisés, una mujer a la que Dios usó de una forma única y destacada.

Casi todo el mundo ha oído la historia del éxodo de Israel de Egipto: cuando Dios liberó milagrosamente a su pueblo de la esclavitud. Todos hemos oído acerca de Moisés, e incluso de su hermano Aarón; y estamos familiarizados con sus respectivos papeles en esa gran liberación. Pero,

¿cuánto sabe usted acerca de su hermana mayor Miriam? La Biblia la retrata como la protagonista del éxodo. Por tanto, ¿Cuál fue su participación en el evento redentor más importante de la historia del Antiguo Testamento? —MIQUEAS 6.4 

MONTAJE DEL ESCENARIO

Trescientos cincuenta años es mucho tiempo, se mida como se mida. Cuando llegamos a los primeros capítulos de Éxodo, ese es el período que los israelitas han estado viviendo en la tierra de Egipto.

El libro de Génesis termina con un relato de los últimos días de Jacob y José. Como vimos en el capítulo anterior, Dios había exaltado a José hasta una posición de gran prominencia, por lo que la familia de José fue bien recibida y obtuvo favor con el Faraón. Incluso cuando José murió, el pueblo hebreo floreció y se multiplicó en gran manera, pasando de una familia de setenta a una pequeña nación que alcanzaba los cientos de miles.

Pero cuando comienza la narrativa del Éxodo, la situación ha cambiado drásticamente. En los siglos sucesivos a la muerte de José, «se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José» (Éxodo 1.8). Ya fuera por verdadera ignorancia o por un desprecio manifiesto, este nuevo monarca no tuvo en cuenta la contribución que José había hecho generaciones atrás.

Su única preocupación, con respecto a los israelitas, era que su gran número suponía una posible amenaza para su poder. Por tanto, le dijo a su pueblo: «He aquí, el pueblo de los hijos de Israel es mayor y más fuerte que nosotros. Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique, y acontezca que viniendo guerra, él también se una a nuestros enemigos y pelee contra nosotros, y se vaya de la tierra» (Éxodo 1.9–10). El faraón conspiró contra los descendientes de Judá, que de repente se vieron esclavos en Egipto.

Por orden del Faraón, los egipcios asignaron capataces sobre los israelitas, que les afligían con trabajo duro y hacían que sus vidas fueran miserables. Pero si el objetivo era detener el crecimiento de la población hebrea, a los egipcios les salió el tiro por la culata, porque «cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían, de manera que los egipcios temían a los hijos de Israel» (Éxodo 1.12).

Con la llegada al poder de otro nuevo Faraón, intentaron encontrar una solución más eficaz para tratar con los israelitas. Convencidos de que en situaciones drásticas se necesitan medidas drásticas, concibieron un plan nuevo y brutal. Su política hacia los bebés varones hebreos fue cruel y severa: «Echad al río a todo hijo que nazca» (Éxodo 1.22).

Pausamos la narrativa en este momento para enfocarnos en una familia de esos esclavos hebreos y una niña llamada Miriam.

Esa familia, junto con todo el pueblo de Israel, había estado sufriendo bajo la carga opresiva de la esclavitud durante muchos años. Entonces llegó aquel acto de impresionante crueldad, el decreto imperial que sentenciaba a todos los bebés varones a morir ahogados. Los descendientes de Jacob, desesperados, clamaron a Dios por su liberación.

Entre ellos había un hombre llamado Amram, padre de Miriam y de su hermano menor, Aarón. A Amram, la nueva política del Faraón de asesinar a los bebés varones le afectaba de manera personal. Su esposa, Jocabed, estaba embarazada de su tercer hijo. Si el bebé era varón, debía morir el día que naciera.

Ese niño resultó ser varón y lo llamaron Moisés. BIENVENIDA AL BEBÉ MOISÉS

La tradición judía indica que, mientras Moisés estaba aún en el vientre, el padre de Miriam le rogó al Señor que rescatara al pueblo judío de la opresión que sufría en Egipto.

Según Josefo, el historiador judío del primer siglo, Dios respondió esas oraciones apareciéndose a Amram en un sueño, y prometiéndole que su hijo recién nacido crecería para liberar a los israelitas de su esclavitud. La narrativa bíblica no incluye esos detalles, pero Hebreos 11.23 subraya la fe que caracterizó a Amram y Jocabed:

«Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres por tres meses, porque le vieron niño hermoso, y no temieron el decreto del rey». Como confiaban en el Señor, los padres de Moisés rehusaron obedecer el despiadado decreto del Faraón. Se las ingeniaron para guardar en secreto el nacimiento de su hijo y decidieron mantenerle escondido todo el tiempo que pudieran.

El autor de Hebreos destaca que Moisés era un niño hermoso, algo que también se menciona en Éxodo 2.2. Pero esa descripción no se refiere tan solo a las características físicas de Moisés. Hechos 7.20 añade que el bebé Moisés «fue agradable a Dios», una frase que nos ayuda a entender la verdadera naturaleza de su buena apariencia. Sus padres entendieron que su hijo era bueno a ojos de Dios, es decir, que tenía un destino divino. Por tanto, confiaron en que Dios lo protegería.

Pasaron tres meses y sus padres sabían que ya no podrían seguir ocultando a Moisés de las autoridades egipcias. Por tanto, en un asombroso acto de fe, confiaron a Moisés al Señor y le pusieron en una cesta en el río Nilo.

Refiriéndose a la madre de Moisés, Éxodo 2.3 explica lo que ocurrió: «Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río».

Considerablemente, la palabra «arquilla» en este versículo (que en algunas versiones se traduce como «canasta») es la misma palabra hebrea usada para referirse al arca de Noé en Génesis 6—9. De hecho, es el único lugar en el que aparece en el Antiguo Testamento. Así como Noé se libró al construir el arca y cubrirla de brea, de igual forma el bebé Moisés se libró del edicto del Faraón flotando en una «arquilla» que fue cubierta del mismo modo con resina impermeable. El edicto del Faraón decía que todos los bebés varones hebreos debían ser arrojados al Nilo. Irónicamente, la forma en que colocaron a Moisés en ese río fue el medio de facilitar su supervivencia y también de cumplir el plan de Dios para él.

No cabe duda de que la madre de Moisés escogió un lugar del río Nilo que fuera relativamente seguro para su bebé. El hecho de que lo pusiera entre juncos sugiere que estaba cerca de la orilla, en la sombra, y en un lugar donde esperaba que esa pequeña arquilla no fuera arrastrada por la corriente. Es razonable pensar que la canasta flotante de Moisés fue colocada estratégicamente en un área donde probablemente la verían, quizá cerca de un área de baño de la realeza. Pero, ¿Quién encontraría al bebé Moisés y que haría con él? Esos detalles solo Dios podría dirigirlos de manera soberana.

VIGILANCIA JUNTO AL RÍO

Es en este punto del relato de Éxodo donde entra nuestra heroína en la narrativa bíblica. Como niña joven e hija de esclavos, Miriam era sin duda una heroína inconcebible. No obstante, tuvo un papel vital en la existencia de su hermano en ese momento crítico de su vida, cuando tenía solo tres meses de vida. No sabemos con exactitud la edad de Miriam en ese momento, pero Dios la usó de una manera crucial para lograr sus propósitos perfectos para su hermano y, en última instancia, para la nación de Israel. Y este es solo el comienzo de su increíble historia

Miriam había oído las oraciones de su padre, había visto el afecto de su madre por Moisés, y había sido testigo de la fe de ambos en su desafío protector al edicto del Faraón.

Durante los tres meses previos, naturalmente había aumentado su amor por su hermano, y quería ayudar a protegerle de la forma que pudiera. Es probable que incluso ayudara a su madre a construir la canasta impermeable en la que pondrían a Moisés. Y ahora se veía frente a una gran responsabilidad: seguir a su hermanito mientras él flotaba en el río. Llena de trepidación, vigilaba, esperando que ocurriera lo mejor.

Mientras Miriam observaba desde una distancia prudencial, una de las hijas del Faraón, una princesa de Egipto, fue al río a bañarse. «Vio ella la arquilla en el carrizal, y envió una criada suya a que la tomase. Y cuando la abrió, vio al niño; y he aquí que el niño lloraba. Y teniendo compasión de él, dijo: De los niños de los hebreos es éste» (Éxodo 2.5b–6). Aunque inmediatamente le reconoció como un bebé israelita, la princesa decidió salvar su vida. En otro cambio irónico de los hechos, el bebé Moisés fue rescatado por la hija del mismo hombre que había decretado que debía morir.

El relato bíblico no nos da el nombre de la princesa. Algunos eruditos han sugerido que quizá fuera Hatshepsut, que se convertiría después en reina-faraón y en uno de los gobernantes más famosos de Egipto.

Pero sea quien fuere, Dios usó a esa princesa para rescatar a Moisés del río, y para hacer posible que fuera formado en todos los aspectos del aprendizaje y la cultura egipcia, una educación que tendría después un valor incalculable para la función que Moisés desempeñaría como libertador de Israel.

Según Josefo, la princesa llamó a varias niñeras egipcias para intentar consolar al bebé Moisés, pero él seguía llorando, así que Miriam se acercó valientemente a la hija del Faraón sin desvelar su identidad y le sugirió que quizá una niñera hebrea podría consolar al bebé. En una acción hábil y valiente preguntó: «¿Quiere que vaya a buscar a una mujer hebrea para que le amamante al bebé?» (Éxodo 2.7). 

La princesa accedió, y la estrategia de Miriam se completó cuando fue a buscar a su mamá. Cuando llegó Jocabed, la hija del Faraón le dijo: «Lleva a este niño y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño y lo crió» (Éxodo 2.9). Nuevamente, la providencia de Dios dio un magnífico resultado.

¡El valor de Miriam resultó en que le pagaran a la mamá de Moisés por criar a su propio hijo!

Podía hacerlo en casa y sin ningún temor a las autoridades egipcias.

Es probable que Moisés viviera con su familia de nacimiento hasta que tuvo nueve o diez años y quizá hasta los doce. Durante esos años formativos, aprendería sobre el Dios verdadero y sus antepasados, Abraham, Isaac y Jacob.

Se habría identificado con su pueblo, y aprendido que Dios le había llamado para que fuera su libertador. El Señor usó esa primera etapa de formación para moldear el carácter y las convicciones de Moisés, de tal manera que después en su vida, rehusaría «llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado» (Hebreos 11.24–25).

Cuando Moisés creció y se convirtió en un jovencito, lo llevaron con la princesa y ella lo adoptó legalmente (Éxodo 2.10). Después recibió una educación real y «fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios» (Hechos 7.22). Su educación formal incluiría instrucción en la lectura, escritura, aritmética y quizá uno o varios de los lenguajes de Canaán. También habría participado en varios deportes a la intemperie como el tiro con arco y montar a caballo. En todo eso, Dios estaba preparando a Moisés con las habilidades que usaría para sacar a los israelitas de Egipto.

Al principio de la vida de Moisés, el Señor usó a su hermana mayor, Miriam, de una forma específica, para vigilarle y llevarle sano y salvo de vuelta a casa. Con su disposición a acercarse valientemente a la hija del Faraón, Miriam jugó un papel estratégico en el regreso a casa de su hermanito. Ella fue fortalecida por la fe que había visto en sus padres, la cual ella misma poseía. Además, al ver cómo el Señor rescató a Moisés del río Nilo, Miriam se estaba preparando para el día en que vería a Dios liberar a su pueblo de su esclavitud en Egipto.

EN ESPERA DE LA LIBERACIÓN

Durante esos años, Miriam compartió la vida familiar con su hermanito mientras él crecía y se hacía un joven. Su otro hermano, Aarón, era tres años mayor que Moisés. Juntos, los tres hijos aprendieron sobre Dios y su historia familiar, y también sobre su futuro. A Moisés en particular le recordarían que el Señor tenía planes únicos para su vida. Los tres hijos un día serían usados juntos por Dios en el éxodo de Israel de Egipto.

Continuara la segunda Parte el Próximo Sábado.

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2 comentarios sobre “Crónicas Bíblicas: la Hermana de Moisés, Miriam 1 Parte

  1. Excelente historia sobre Miriam, hay personajes que pasan inadvertidos cuando tienen un lugar tan importante en la historia judeo cristiana .
    Y es interesante ver qué Maria también tuvo un papel importantisimo al aceptar ser la Made del salvador.

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