Hoy quiero invitarnos a reflexionar en algo sencillo, aunque no necesariamente fácil: cómo aprender a relacionarnos con Dios como Padre.
No como un concepto, ni como una idea abstracta, sino como una realidad que afecta cómo vivimos, pensamos, sentimos y decidimos.
Cada persona tiene una historia con la figura paterna. Algunos tuvieron una experiencia positiva; otros crecieron sin presencia, con dureza, distancia o heridas profundas. Y muchos llegamos a la vida adulta sin haber sido realmente formados emocional o espiritualmente.

Estas experiencias influyen conscientemente o no en cómo enfrentamos la vida y, sobre todo, en cómo nos acercamos a Dios.
Por eso, cuando labiblia presenta a Dios como Padre, no lo hace como una teoría adicional oh alguien lejano, sino como una invitación a la restauración personal.
Por qué la paternidad de Dios no es solo concepto es real, es para todos y es restauración
Dios no se presenta como un padre simbólico, sino como uno real y activo.
Salmos 68:5 lo describe así:
Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada.
Este pasaje resume una verdad fundamental: Dios entra específicamente donde falta algo.
Donde hubo ausencia, Él trae presencia.
Donde hubo dureza, Él trae consuelo.
Donde hubo inseguridad, Él trae identidad.
Muchos aprendimos a funcionar sin haber aprendido a ser afirmados.
A resolver problemas sin haber recibido guía.
A sobrevivir sin sentirnos hijos.
Dios quiere trabajar precisamente en esos lugares.
Isaías 66:13 lo confirma cuando dice:
“Como alguien a quien consuela su madre, así os consolaré yo.”
La paternidad de Dios es restauración integral, no solo un título teológico.
Asi que no somos empleados de Dios, más bien somos sus hijos
De hecho es común que las personas se relacionen con Dios como si Él fuera un jefe espiritual: cumplir, producir, evitar fallar.
Pero la Biblia habla de una relación completamente diferente.
En Romanos 8:15, Pablo escribe:
No habéis recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción.
Y en Gálatas 4:7 agrega:
Ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por medio de Cristo.
Esto significa que la relación no es transaccional, sino relacional.
La identidad de hijo o hija cambia cómo trabajamos, cómo obedecemos, cómo servimos y cómo afrontamos nuestras luchas.
Y es importante recordar: no podemos dar aquello que no hemos recibido.
Si no aprendemos a vivir como hijos, siempre habrá áreas en las que lucharemos innecesariamente.
Una de las ideas más comunes en nuestra cultura es: “Yo puedo solo.”
Pero la Biblia muestra un diseño diferente: comunidad, acompañamiento y responsabilidad compartida.
Salmos 68:6 afirma:
Dios hace que los solitarios tengan un hogar.
Ese “hogar” es pertenencia, dirección y acompañamiento. Y cuando Dios comienza a sanar a una persona, suele hacerlo con un propósito mayor: que su vida llegue a ser de edificación para otros.
Jesús modeló esto cuando discipuló a sus seguidores de manera cercana y práctica.
Pablo lo enseñó en Efesios 4:12, explicando que Dios equipa a los creyentes “para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”.
En otras palabras, Dios forma a sus hijos no solo para su propio beneficio, sino para fortalecer la vida de quienes los rodean.
Uno de los mayores obstáculos internos para muchas personas es la idea de que Dios está decepcionado, frustrado o cansado de ellas.
Pero la Biblia presenta otra imagen.
En Sofonías 3:17, se nos recuerda:
Él se gozará sobre ti con alegría… se regocijará sobre ti con cánticos.
Esto revela una postura de Dios que no depende del rendimiento humano, sino de Su carácter.
Jesús también mostró esta realidad en la parábola del hijo pródigo.
En Lucas 15, el padre:
• no corrige primero,
• no exige explicaciones,
• no enumera faltas,
sino que recibe, restaura y celebra.
Además, Hebreos 4:16 nos invita a acercarnos confiadamente a Dios, lo cual sería imposible si Él estuviera decepcionado.
El llamado práctico de todo esto puede resumirse así:
• Recibir la paternidad de Dios de manera personal.
• Vivir diariamente desde esa identidad.
• Permitir que Dios forme áreas internas que nunca fueron formadas.
• Extender esa estabilidad espiritual a quienes nos rodean.
Personas que viven como hijos e hijas saludables aportan estabilidad, dirección y claridad a sus familias, amistades y comunidades.
Como enseña 1 Juan 3:1:
Mirad cuán grande amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.
La vida cristiana no se trata de aparentar ni de esforzarse sin dirección, sino de permitir que Dios forme lo que necesita ser formado en cada área de nuestra vida.
La invitación final es sencilla: acercarnos a Dios tal como estamos, sin pretensión, y permitir que Él ocupe el lugar de Padre que la Biblia declara que tiene.
La vida espiritual se fortalece al recibir y caminar en esta identidad.
Y desde esa identidad, podemos vivir de manera más sólida, clara y alineada con el propósito de Dios.
Al final, vivir como hijos e hijas de Dios no es un evento, ni una temporada, ni un mensaje motivacional. Es un camino de aprendizaje continuo, una forma de vida que se convierte en nuestra identidad más estable y nuestro fundamento más seguro.
Ser hijos significa que nuestra historia no está definida por las ausencias, heridas o carencias que marcaron nuestro pasado, sino por el Dios que nos adopta, nos afirma y nos forma.
Significa caminar con la convicción de que no estamos solos, que no necesitamos demostrar nada para ser amados y que siempre hay un lugar para volver.
Aprender a vivir como hijos de Dios es aprender a vivir desde la verdad.
La verdad de que pertenecemos.
La verdad de que somos vistos.
La verdad de que somos llamados por nombre.
La verdad de que nuestro Padre no se cansa, no retrocede y no abandona la obra que comenzó en nosotros.
Y mientras avanzamos en este proceso, algo profundo ocurre:
la identidad se transforma en seguridad,
la seguridad se convierte en carácter,
y el carácter se vuelve testimonio.
Porque quienes aprenden a vivir como hijos e hijas…
se convierten en reflejo del corazón del Padre para el mundo.
Ese es el llamado.
Ese es el camino.
Y esa es la invitación que siempre permanece abierta:
Aprender cada día a vivir como hijos de Dios.


AMADO DIOS
La mañana anuncia y con ella el día florece; infinitas gracias te doy por este nuevo martes que Tú me obsequias. Te pido que todos los seres seamos felices y que recordemos que tener un día maravilloso depende de nuestra fe y de nuestra actitud.
Permítenos recordar que cada situación que se presenta en nuestra vida es una oportunidad e incluso un regalo para refrescar nuestra existencia. Señor, te pido que hoy podamos ver más allá de los problemas y limitaciones y que vivamos cada instante con alegría y esperanza.
Por favor enséñame a ser fuerte ante los problemas y a avanzar por la vida seguro y confiado de que en mi camino solo aparecen obstáculos que puedo superar con tu ayuda.
El día de hoy despierto con optimismo, reconozco que vivo en un universo de prosperidad y abundancia ilimitada y en tu maravilloso nombre afirmo que gracias a tu bondad, yo podré obtener todo lo que anhelo.
Amado Dios, junto a Ti nadie podrá conmigo, te pido que apartes de mi senda a todos aquellos que con sus malas intenciones quieren hacerme daño y por favor acerca el triunfo a mi vida; serás Tú quien me conceda la victoria.
Te pido también amado Dios por el bienestar de mi hogar y de las personas que amo. Te suplico que si tenemos alguna caída, nos des la fuerza para levantarnos y si por algún motivo nos faltase la fuerza, recuérdanos que tenemos que levantar la mirada al cielo y recordar que cada prueba que se presenta no es más que una situación para aumentar nuestra voluntad y nuestra fe en Ti.
Señor, te pido que la fuerza de tu amor me permita seguir adelante y encontrar aquello que busco. Permite que hoy se abran todas las puertas y todos los caminos, dame luz en la oscuridad y nunca te apartes de mi lado.
En el nombre de Jesús se Amén. 🙏
Ma.Guanajuato González Castañales








