Crónicas Bíblicas: ENOC. 2 Parte

Por John Macarthur

CRÓNICAS BÍBLICAS

UN HOMBRE CON UNA NATURALEZA COMO LA NUESTRA

El mundo de Enoc era muy distinto al nuestro. La tierra aún no había sido destruida y acomodada en su actual forma por el diluvio.

La esperanza de vida se medía en siglos en lugar de décadas. Enoc mismo nació solo 622 años después de la creación, en la séptima generación desde Adán. Su hijo, Matusalén, vivió más que ninguna otra persona (969 años); y su nieto Noé, el  conocido constructor del arca, la terminó a la edad de 600 años.

Los largos períodos de vida de este tiempo eran posibles por las condiciones ideales que había en este planeta antes del diluvio.

Según Génesis 1.6, una burbuja de agua cubría por completo la atmósfera, protegiendo así la superficie de la tierra de los efectos destructivos de la radiación ultravioleta del sol.

También creaba un entorno de tipo efecto invernadero que moderaba el clima y la temperatura, minimizaba los vientos y las tormentas, y creaba las condiciones más favorables para la vida vegetal. Además, en este escenario tropical exuberante la lluvia no era necesaria porque todo el mundo estaba regado por un sistema de aspersores natural: un rocío que subía de la tierra (Génesis 2.5–6).

Sin embargo, a pesar de su belleza y sus recursos naturales, la presencia del pecado en el mundo antes del diluvio había corrompido todo lo que vivía allí. Los efectos de la Caída se dejaron sentir de inmediato después de que Adán y Eva se rebelaron contra Dios. El hijo mayor de Adán, Caín, mató a su hermano menor —Abel— a sangre fría (Génesis 4.8).

Y la historia empeora. Uno de los descendientes de Caín, un hombre llamado Lamec, al igual que Enoc, nació en la séptima generación desde Adán. A diferencia de Enoc, no obstante, Lamec alardeaba francamente de ser asesino y polígamo (Génesis 4.23). Su flagrante anarquía era algo característico de la civilización en que vivía.

Tres generaciones después, cuando el Señor vio «que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal» (Génesis 6.5), decidió inundar al mundo entero.

En términos de topografía, el mundo de Enoc tenía un aspecto muy distinto al de nuestros días. Pero la cultura en que vivía era la misma, caracterizada por una gran corrupción, decadencia moral en todos los sentidos posibles y rebeldía franca contra Dios.

El que la gente viviera tanto tiempo era a la vez una maldición y una bendición. Sus largos período de vida les permitía desarrollarse intelectualmente y culturalmente con mucha rapidez, lo cual al comienzo de la civilización humana era un elemento importante para habitar y cultivar las riquezas de la tierra (Génesis 1.28).

Sin embargo, al mismo tiempo, esa longevidad también aceleraba la degradación de la sociedad. En nuestros días, sabemos lo difícil que puede ser luchar contra la tentación durante setenta u ochenta años.

Pero quienes querían tener una vida piadosa en la era prediluviana tenían que luchar contra el pecado y soportar su impacto durante muchos cientos de años. Eso es lo que hace que ejemplos de hombres justos como Enoc sean tan notorios: él luchó contra la corrupción de su cultura, ¡y caminó con Dios durante tres siglos!

El legado de la fidelidad de Enoc no es solo un ejemplo monumental a seguir para todos los creyentes, sino también una influencia penetrante y duradera sobre su propia familia. Ese impacto es especialmente evidente en la vida de su bisnieto Noé. Aunque Noé nació sesenta y nueve años después de que Enoc se fuese al cielo, el testimonio de Enoc le habría sido transmitido mediante su padre y su abuelo. Según Génesis 6.9: «Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé», así como lo había hecho su abuelo Enoc. Segunda de Pedro 2.5 describe a Noé como un «predicador de justicia», un modelo que él indudablemente aprendió de los relatos que oyó del ministerio de su bisabuelo (cp. Judas 14–15). Como Enoc, Noé confrontó la corrupción de su cultura, y así como a Enoc, Dios salvó milagrosamente a Noé de su malvada sociedad.

La destacada vida de Enoc puede parecer, como la de Elías, algo imposible para nosotros de emular. Pero no es así. Al escribir sobre Elías, el apóstol Santiago les dijo a sus oyentes: «Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras» (Santiago 5.17a). Lo mismo podríamos decir de Enoc. Como

 miembro de la raza humana pecaminosa, Enoc lidió con las mismas tentaciones, temores y debilidades que han plagado a todos los hombres y las mujeres desde la Caída. Aun así, pudo demostrar una justicia persistente, no porque no tuviera pecado sino porque confió en los recursos divinos. Era un pecador que fue salvo por gracia y capacitado por el Espíritu Santo para vivir mediante una fe obediente. Así, el caminar justo de Enoc no debería intimidarnos, sino más bien, como testigo de una vida de fe (Hebreos 12.1), su ejemplo debiera motivarnos a una mayor fidelidad y una resolución más profunda en nuestro caminar con el Señor.

UN HOMBRE QUE CAMINÓ CON DIOS

Volvamos al principio de la historia de Enoc. Se le menciona por primera vez en el registro genealógico de Génesis 5, un capítulo que traza los descendientes justos de Adán desde Set hasta Noé.

Como se podría esperar de una genealogía, se nos presenta a Enoc de una forma puramente práctica: «Vivió Jared ciento sesenta y dos años, y engendró a Enoc» (Génesis 5.18). Pero la breve biografía de Enoc solo unos versículos después deja claro que su vida fue de todo menos común. Según Génesis 5.21–24:

Vivió Enoc sesenta y cinco años, y engendró a Matusalén. Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. Y fueron todos los días de Enoc trescientos sesenta y cinco años. Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios.

En menos de cincuenta palabras todo el relato del Antiguo Testamento de la vida de Enoc queda completo. Aun así, aquí hay mucho más que datos genealógicos.

La genealogía de Génesis 5 es muy importante al menos por dos razones. En primer lugar, indica que Génesis 1—9 es historia real, y aporta una cronología precisa de ese período de tiempo.

Es el registro verdadero de la humanidad desde Adán hasta Noé (desde la creación de Dios del mundo del agua hasta su destrucción mediante agua).

En segundo lugar, la genealogía hace una crónica de muertes, ya que cada obituario termina con las palabras: «y murió». La maldición está en su pleno esplendor (Génesis 2.17), y para todos los enumerados en el árbol genealógico, el final es siempre el mismo; con una destacada excepción.

Enoc es un caso aparte porque «caminó con Dios» y porque «desapareció, porque le llevó Dios». Examinemos los lacónicos, aunque cargados, elementos de su vida.

Dos veces en solo cuatro versículos se nos dice que Enoc caminó con Dios. De hecho, esa corta frase es todo lo que Génesis 5 nos dice del carácter de este hombre.

Pero es suficiente. Enoc vivió de tal forma que, después de 365 años en este mundo, su vida se podría resumir verazmente con una brevedad repetida y sublime. Casi siete siglos después del huerto del Edén, cuando Adán y Eva habían caminado con Dios en perfección (cp. Génesis 3.8), finalmente hay alguien que tiene comunión con Dios de forma íntima y diaria. Y lo hizo durante más de trescientos años.

Caminar con Dios es otra forma de decir que Enoc agradó a Dios. De hecho, la Septuaginta (la traducción griega del Antiguo Testamento hebreo) escribe la frase exactamente así: «Enoc agradó a Dios».

El escritor de Hebreos sella este significado cuando describe la vida de Enoc: «tuvo testimonio de haber agradado a Dios» (Hebreos 11.5b). Como Enoc buscó agradar a Dios, a Dios le agradó estar en comunión con él.

¿Qué aspecto práctico podemos aprender en cuanto a caminar con Dios para que podamos seguir el ejemplo de Enoc? Las Escrituras, en donde este tema se reitera y se amplía, revelan que caminar con Dios incluye al menos tres componentes.

Comienza con el perdón del pecado, consiste en la fe en el Señor y resulta en frutos de justicia. Entender estos tres aspectos abre la puerta al abundante tesoro espiritual que hay detrás de las sencillas palabras de Génesis 5.

EL PUNTO DE INICIO: PERDÓN DEL PECADO

La Biblia aclara muy bien que para que las personas pecadoras puedan tener comunión con un Dios santo, primero deben reconciliarse con Él a fin de arreglar su alienada condición pecaminosa.

En Amós 3.3, el profeta preguntó retóricamente: «¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?»

El apóstol Pablo estableció un punto similar en 2 Corintios 6.14: «porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?»

Para que los pecadores estén en acuerdo y armonía con el Señor contra quien se han rebelado (y, por tanto, para disfrutar de comunión con Él) sus pecados deben ser perdonados así como sus corazones limpiados y hechos nuevos.

Puede parecer obvio, pero es importante decir que Enoc era un hombre salvo. Por la gracia divina, todos sus pecados le habían sido perdonados y había pasado de ser enemigo de Dios a amigo.

¿Sobre qué base puede perdonar un Dios santo? ¿De qué forma es esto coherente con su justicia perfecta? Para obtener la respuesta, debemos ir a Hebreos 11 donde se destaca el ejemplo de la fe salvadora de Enoc inmediatamente después de la de Abel.

El autor de Hebreos dice esto del segundo hijo de Adán: «Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo» (Hebreos 11.4a).

Como demuestra el ejemplo de Abel, los pecadores deben acudir a Dios como Él requiere. En el caso de Abel, Dios requería un sacrificio animal (Génesis 4.4), el cual ofreció Abel con fe.

Tales sacrificios eran necesarios como un vivo recordatorio de que el pecado trae muerte y que la comunión con Dios requiere una expiación (o cobertura) del pecado. Aunque el pecador debía morir, se mataba un animal como sustituto para ocupar su lugar.

El sacrificio de Abel, como ocurría con todos los sacrificios del Antiguo Testamento, señalaba a la cruz, donde Jesucristo murió una vez para siempre a fin de hacer la única expiación plena y satisfactoria por el pecado. Gracias a la muerte de Cristo en su lugar, los pecadores pueden recibir perdón y ser declarados justos por Dios independientemente de cualquier bondad moral que haya en ellos. Con sus pecados redimidos mediante el sacrificio de Jesús, están cubiertos con la misma justicia de Cristo.

Esa justicia imputada establece la reconciliación y permite que los seres humanos caídos disfruten de comunión con un Dios santo.

Al igual que Abel, Enoc era un hombre que entendió su propia indignidad y la necesidad de un sacrificio adecuado.

A medida que la verdad era transmitida de generación en generación entre los justos descendientes de Set, Enoc habría aprendido de la ofrenda sacrificial de Abel. Claramente, él recibió la verdad que había en ello encerrada, entendiendo que era un pecador inmerecido que necesitaba un sustituto ordenado por Dios para llevar el castigo en su lugar.

Su relación personal con el Señor comenzó cuando sus pecados fueron perdonados y fue cubierto por la justicia del Salvador que llevaría los pecados de Enoc en la cruz y pagaría el castigo completo de todos ellos. Como todos los creyentes a lo largo de todas las épocas de la historia, el testimonio de Enoc fue de salvación por gracia mediante la fe.

Además, la vida de Enoc no se caracterizó por un duro legalismo, sino por el gozo de la íntima comunión con su Creador.

La gente supone erróneamente que el Antiguo Testamento se enfoca solamente en reglas, rituales y ceremonias. Pero como demuestra el ejemplo de Enoc, el corazón de la verdadera religión siempre se ha centrado en la comunión constante con Dios. El Señor era el compañero de Enoc y su confidente; por lo que Enoc disfrutaba diariamente de una comunión personal con Él. De igual modo, el término caminar expresa la idea de una comunión momento a momento con el Señor.

Y en los primeros capítulos de la Escritura, es la forma principal en que a alguien se le identifica como una persona que ha recibido perdón de pecados y que ha sido reconciliada con Dios. Como Noé caminó con Dios, escapó del juicio (Génesis 6.9). Como Abraham

caminó con Dios, recibió bendición (Génesis 17.1). Como Enoc caminó con Dios, evitó la muerte.

Ese tipo de comunión es lo que Dios desea y provee. Ese mismo tipo de relación es la que sigue ofreciendo hoy a los pecadores.

Como Jesús les dijo a las multitudes a las que predicaba: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mateo 11.28–29). Incluso ahora, el Señor está buscando personas que acudan a Él pidiendo perdón —en base a su sacrificio sustitutorio—, y que caminen con Él.

LA BASE: FE EN EL SEÑOR

El autor de Hebreos, en su relato de la vida de Enoc, proporciona más luz para saber lo que significa caminar con Dios. 

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