DORMIDOS EN MEDIO DE LA TORMENTA

Hay escenas en la Biblia que parecen detener el tiempo. Son imágenes tan humanas, tan cercanas, que al leerlas no solo vemos a un personaje antiguo, sino que terminamos viéndonos a nosotros mismos. Una de esas escenas ocurre en el libro de Jonás.

La tormenta rugía. El barco crujía. Los marineros, aterrados, luchaban por sobrevivir. Cada uno clamaba a su dios, arrojaban la carga al mar y trataban desesperadamente de salvar la nave. Pero mientras todos estaban conscientes del peligro, Jonás dormía en lo más profundo del barco.

La Escritura dice:

Había bajado al interior de la nave, y se había echado a dormir

Jonás 1:5

Esa frase es profundamente reveladora. Jonás no solo había bajado físicamente; espiritualmente también estaba descendiendo. Había bajado de su llamado, bajado de su obediencia, bajado de su sensibilidad, bajado de la voz de Dios.

Y allí, en medio de una tormenta provocada por su propia huida, Jonás dormía.

Qué imagen tan fuerte de nuestra condición. Porque muchas veces nosotros también aprendemos a dormir en medio de tormentas que deberían despertarnos. 

Nos acostumbramos al pecado. Nos acostumbramos al desorden interior. Nos acostumbramos a relaciones rotas, actitudes equivocadas, decisiones que sabemos que no honran a Dios. Al principio nos incomodan, pero con el tiempo las normalizamos. 

Lo que antes nos quebrantaba, ahora apenas nos mueve. Lo que antes nos llevaba a orar, ahora simplemente lo soportamos.

El peligro no siempre está en no saber que algo está mal. A veces el peligro está en saberlo y aun así seguir dormidos.

Jonás estaba huyendo de Dios. El Señor le había dado una asignación clara: ir a Nínive y proclamar Su mensaje. Pero Jonás decidió ir en dirección opuesta. Tomó una nave hacia Tarsis, como si la distancia pudiera silenciar la voz de Dios. Pero nadie puede correr tan lejos como para escapar de la presencia del Señor. El salmista lo expresó con claridad:

¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?.

Salmo 139:7

Dios no persiguió a Jonás para destruirlo, sino para despertarlo. La tormenta no fue solo juicio; también fue misericordia. Fue la intervención de un Dios que no estaba dispuesto a dejar a Su siervo perderse en la comodidad de su desobediencia.

Y quizás esa sea una verdad que necesitamos volver a escuchar: no toda tormenta viene para hundirnos; algunas vienen para despertarnos.

Hay momentos en los que Dios permite que aquello que hemos tratado de ignorar se vuelva imposible de seguir ocultando. Permite que la incomodidad crezca, que la paz desaparezca, que las circunstancias nos confronten. No porque nos odie, sino porque nos ama demasiado como para dejarnos dormir mientras nos alejamos de Su propósito.

Jonás tuvo que llegar a un punto de rendición. Tuvo que reconocer que la tormenta estaba conectada con su desobediencia. Y aunque su proceso fue doloroso, Dios todavía tenía propósito para él. Nínive seguía siendo importante para Dios. El mensaje seguía siendo necesario. El llamado seguía en pie.

Esto también nos confronta: el reino de Dios no se detiene por nuestra resistencia. Dios cumplirá Sus planes con nosotros o sin nosotros. Su propósito no depende de nuestra comodidad, ni de nuestras excusas, ni de nuestra disposición tardía. Pero en Su gracia, Él nos invita a participar. Nos llama, nos corrige, nos despierta y nos vuelve a poner en camino.

El apóstol Pablo escribió:

Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo
Efesios 5:14

Esa palabra sigue resonando hoy. Despierta. Levántate. Vuelve a la luz. No sigas descansando en lugares donde tu alma se está apagando. No llames paz a lo que en realidad es adormecimiento espiritual. No confundas tolerancia al pecado con madurez. No confundas silencio interior con aprobación de Dios.

La gracia de Dios no es una invitación a seguir huyendo; es una puerta abierta para regresar.

Tal vez el llamado de Dios para nosotros hoy no sea ir a una ciudad como Nínive, pero sí puede ser volver a obedecer en aquello que hemos postergado.

Pedir perdón. Soltar una actitud. Restaurar una relación. Volver a orar. Servir con fidelidad. Dejar de escondernos detrás de excusas. Decirle al Señor: “Aquí estoy otra vez. Ya no quiero correr.”

Porque es mejor despertar en medio de la tormenta que seguir dormidos mientras el corazón se aleja de Dios. Es mejor rendirse a tiempo que esperar a que la desobediencia nos lleve más profundo. Es mejor caminar con Dios hacia lo incómodo, que correr lejos de Él hacia una falsa tranquilidad.

Jonás descubrió que no podía huir del propósito de Dios. Nosotros también debemos entenderlo. El Señor sigue llamando. Sigue hablando. Sigue despertando. Y cuando Dios nos despierta, no es para avergonzarnos, sino para devolvernos al camino donde Su voluntad, Su presencia y Su propósito nos esperan.

La pregunta no es si Dios puede cumplir Su plan. La pregunta es si nosotros despertaremos a tiempo para caminar en él.

¡Hola Bienvenido !

Ps. Santiago Moya

NOTICIAS DEL REINO

TU PERIÓDICO DIGITAL

Deja un comentario