Parte 1
CORAZÓN CENTRADO EN DIOS
Por John MacArhur

Para los creyentes orar es como respirar. Usted no tiene que pensar para respirar porque la atmósfera que nos rodea ejerce presión sobre sus pulmones y lo fuerza a respirar. Por eso es más difícil aguantar la respiración que respirar.
Asimismo, cuando usted nace en la familia de Dios, usted entra en una atmósfera espiritual en la que la presencia y la gracia de Dios ejercen presión o influencia sobre su vida. La oración es la respuesta normal a esa presión. Como creyentes, todos hemos entrado a la atmósfera divina para respirar el aire de la oración. Sólo entonces podremos sobrevivir a la oscuridad del mundo.
Desafortunadamente, muchos creyentes se aguantan la respiración espiritual por largo tiempo, pensando que breves momentos con Dios son suficientes para permitirles sobrevivir. Pero esa restricción en el consumo espiritual es causada por sus deseos pecaminosos. El hecho es que todo creyente debe estar continuamente en la presencia de Dios, respirando constantemente sus verdades para ser completamente funcional. Debido a que, para varios de nosotros, la sociedad es libre y próspera, es más fácil que los cristianos se sientan seguros presumiendo de la gracia de Dios que dependiendo de ella.
Demasiados creyentes se quedan satisfechos con las bendiciones físicas y tienen muy poco deseo de las bendiciones espirituales. Al haberse vuelto tan dependientes de sus recursos físicos, sienten poca necesidad de los recursos espirituales. Cuando los programas, métodos y dinero producen resultados impresionantes, hay una inclinación a confundir el éxito humano con la bendición divina. Los cristianos pueden en realidad comportarse como humanistas practicantes, viviendo como si Dios no fuera necesario.
Cuando esto sucede, el anhelo apasionado por Dios y el ansiar su ayuda harán falta, junto con el otorgamiento de su poder. A raíz de este peligro grande y común, Pablo instó a los creyentes a orar «en todo tiempo,» (Efe. 6:18) y a perseverar «siempre en la oración» (Col. 4:2). La oración continua. persistente e incesante es parte esencial de la vida cristiana fluye de la dependencia de Dios.
LA FRECUENCIA DE LA ORACIÓN
El ministerio terrenal de Jesús fue sorprendentemente breve, apenas tres años. Sin embargo en esos tres años, como debió haberlo sido en sus años previos, El ministerio terrenal de Jesús fue sorprendentemente breve, apenas tres años.
Sin embargo en esos tres años, como debió haberlo sido en sus años previos, pasó gran cantidad de tiempo en oración.
Los Evangelios informan que Jesús tenía por costumbre levantarse temprano en la mañana, antes del amanecer, para tener comunión con su Padre. En la noche, con frecuencia iba al monte de los Olivos o algún otro lugar tranquilo para orar, generalmente a solas.
La oración fue el aire espiritual que Jesús respiró cada día de su vida. El practicó una comunión interminable entre él y el Padre. El instó a sus discípulos a hacer lo mismo, y les dijo: «Velad, pues, en todo tiempo, orando que tengáis fuerzas para escapar de todas estas cosas que han de suceder» (Luc.21:36). La iglesia primitiva aprendió esta lección y mantuvo el compromiso de Cristo de orar continua e incesantemente. Incluso antes del día de Pentecostés, los 120 discípulos se reunieron en el aposento alto y «perseveraban unánimes en oración» (Hech. 1:l4).
Esto no cambió incluso cuando 3.000 fueron añadidos a la comunidad en el día de Pentecostés (2:42). Cuando los apóstoles fueron guiados a estructurar la iglesia para que el ministerio se pudiera cumplir de manera efectiva, ellos dijeron: «continuaremos en la oración y en el ministerio de la palabra» (6:4).
A lo largo de su vida, el apóstol Pablo fue ejemplo de este compromiso con la oración. Lea de las bendiciones en varias de sus epístolas y descubrirá que orar por sus compañeros creyentes era su práctica diaria. A los creyentes romanos les dijo: «Porque Dios… me es testigo de que sin cesar me acuerdo de vosotros siempre en mis oraciones» (Rom. 1:9, 10; cf. 1 Cor. 1:4; Efe. 5:20; Fil. 1:4; Col. 1:3; 1 Tes. 1:2; 2 Tes. 1:3, 11; Film.4).
Sus oraciones por los creyentes a menudo lo mantenían ocupado «día y noche» (1 Tes. 3:10; 2 Tim. 1:3). Puesto que oró por ellos continuamente, Pablo fue capaz de exhortar a sus lectores a orar de esa manera también. Instó a los tesalonicenses a orar «sin cesar» (l Tes. 5:17).
Mandó a los filipenses a dejar de estar afanosos y en cambio presentar «puestas peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Fil. 4:6). Animó a los colosenses a perseverar «‘siempre en la oración, vigilando en ella con acción de gracias» (Col. 4:2; cf. Rom. 12:12).
Y para ayudar a los efesios a armarse para combatir con las tinieblas espirituales del mundo que los rodeaba, dijo: «orando en todo tiempo en el Espíritu con toda oración y ruego, vigilando con toda perseverancia y ruego por todos los santos» (Efe. 6:18). La oración incesante y constante es esencial para la vitalidad de la relación de un creyente con el Señor y su capacidad de funcionar en el mundo.
UNA MANERA DE VIVIR
Cuando niño, solía preguntarme cómo alguien podía orar sin cesar. Me imaginaba a cristianos caminando con las manos juntas, la cabeza inclinada, y los ojos cerrados, chocando con todo. Aunque ciertas posturas y momentos específicos apartados para la oración tienen una relación importante con nuestra comunicación con Dios, «orar en todo tiempo» obviamente no significa que tengamos que orar de maneras formales o notorias cada minuto que estemos despiertos.
Y no quiere decir que tengamos que dedicarnos a recitar patrones y formas ritualistas de oración. «Orar sin cesar» básicamente se refiere a la oración que vuelve a suceder, no a hablar sin parar. Por lo tanto, debe ser nuestra manera de vivir, debemos tener constantemente una actitud de oración.
El famoso predicador del siglo XIX, Charles Haddon Spurgeon, ofrece esta imagen vívida de lo que significa orar en todo tiempo:
Como los caballeros de antaño, siempre en guerra, no siempre en sus corceles corriendo hacia delante con sus lanzas listas para derribar a un adversario, pero siempre con sus armas donde las podían alcanzar rápidamente, y siempre listos a ser heridos o morir por la causa que defendían. Esos guerreros rudos a menudo dormían con sus armaduras; así que incluso cuando dormimos, aun debemos tener una actitud de oración, de manera que si tal vez nos despertamos en la noche todavía podemos estar con Dios. Nuestra alma, al haber recibido la influencia centrípeta divina que la hace buscar su centro celestial, debe estar eternamente levándose de manera natural hacia Dios mismo. Nuestros corazones deben ser como esos faros y atalayas que estaban listos a lo largo de la costa de Inglaterra cuando se esperaba la invasión de la armada española en cualquier momento, no siempre con el fuego prendido, pero con la madera siempre seca, y los fósforos siempre al alcance, todo estaba listo para encenderse en el momento designado. Nuestras almas deben estar en tal condición que la oración exclamativa debe ser muy frecuente en nosotros. Sin necesidad de hacer una pausa en el negocio y dejar en el mostrador y ponernos de rodillas; el espíritu debe emitir sus peticiones silenciosas, cortas y rápidas al trono de la gracia.
Un cristiano debe llevar el arma de la oración como una espada desenvainada en su mano. Nunca debemos detener nuestras súplicas.
Que nuestros corazones nunca sean como una pistola de poco uso, necesitando que se le haga de todo antes de poder ser usada contra el enemigo, sino que debe ser como un cañón, cargado y preparado, requiriendo sólo el fuego para poder disparar. El alma no siempre debe estar ejercitando la oración, pero siempre funcionando en la energía de la oración; no siempre en realidad orando, pero siempre orando intencionalmente. Me parece que orar en
todo tiempo es vivir en un estado constantemente consciente de la presencia de Dios, donde todo lo que vemos y experimentamos se convierte en una especie de oración que se vive con una conciencia profunda y una entrega a nuestro Padre celestial. Es algo que comparto con mi Mejor Amigo, algo que comunico instantáneamente a Dios.
Obedecer esta exhortación significa que, cuando somos tentados, presentamos la tentación a Dios y pedimos su ayuda. Cuando experimentamos algo bueno y hermoso, inmediatamente le agradecemos al Señor por ello.
Cuando vemos el mal alrededor nuestro, le pedimos a Dios que lo endurezca y que nos permita ayudar a lograrlo, si así él lo desea.
Cuando nos encontramos con alguien que no conoce a Cristo, oramos para que Dios acerque a esa persona hacia él y nos use para ser un fiel testigo. Cuando encontramos problemas, nos volvemos a Dios como nuestro Libertador.
De este modo, la vida se convierte en una oración continuamente ascendente: Todos los pensamientos, obras y circunstancias de la vida se convierten en una oportunidad para tener comunión con nuestro Padre celestial.
Así ponemos nuestras mentes «en las cosas de arriba, no en las de la tierra« (Col. 3:2)



















































































