Por John Macarthur
SU PERSEVERANCIA A TRAVÉS DE AÑOS DE SILENCIO
Cuando nació Ismael, la Escritura dice que Abraham tenía ochenta y seis años (Génesis16.16). Los trece años más frustrantes en la vida de Sara fueron los que siguieron a este hecho. Seguía siendo estéril.
A esa altura tenía ochenta y nueve años y había vivido en Canaán durante veinticuatro años. Su marido estaba a punto de celebrar su cumpleaños número cien. Si su esperanza no estaba completamente destrozada, debe haber estado colgando de un hilo muy delgado.
Aquí es donde destaca la grandeza de la fe de Sara. Había abrigado esa esperanza durante tanto tiempo. Los años habían llegado y se habían ido. Ahora era una anciana, y sin importar cuán a menudo trataban ella y Abraham de concebir, la promesa todavía no se cumplía.
La mayoría de las mujeres se habría rendido mucho antes. Una mujer menos firme habría perdido la esperanza de ver cumplida la promesa de Jehová y se habría volcado al paganismo. Pero se nos recuerda otra vez que Sara «creyó que era fiel quien lo había prometido» (Hebreos 11.11).
Esto es lo que la hizo tan extraordinaria. Finalmente, cuando Abraham tenía noventa y nueve años, el Señor se hizo presente otra vez y una vez más renovó el pacto. Fue una muy importante reposición del pacto. El pasaje es largo, y no hay suficiente espacio aquí para analizarlo en detalle, pero el Señor otra vez reiteró y amplió las promesas esenciales que había hecho a Abraham.
Cada vez que vinieron las promesas, éstas fueron más grandes: «He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes» (Génesis 17.4). No solo «una gran nación»; no simplemente descendientes tan numerosos como las estrellas o el polvo, sino «muchas naciones».
A este hombre envejecido que se las había arreglado para procrear solo a un hijo (y eso por los medios menos honorables), Dios le dijo: «Y te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti » (Génesis 17.6). Fue también en este punto que Dios dio su nombre a Abraham, cambiándolo por su nombre de nacimiento, Abraham (17.5). Abraham significa «padre eminente»; Abraham, «padre de muchas naciones».
El Señor extendió también el pacto abrahámico a las demás generaciones, haciendo de toda la región de Canaán «una heredad perpetua» para Abraham y sus descendientes para siempre (17.7-8).
Finalmente, Dios dio a Abraham la señal de la circuncisión, con instrucciones de cómo practicarla (17.10-14). La circuncisión fue la señal y el sello formal del pacto. Todo lo concerniente a este pacto estaba ahora en su lugar. Significativamente, al comienzo del capítulo, Jehová se reveló a Abraham con un nuevo nombre: «Dios todopoderoso», El Shaddai en hebreo (17.1).
El nombre deliberadamente exaltaba la omnipotencia de Dios. Después de oír esta promesa tantas veces, Abraham debe haberse preguntado si alguna vez vería al hijo que encarnaba su cumplimiento. El nombre era un recuerdo sutil para Abraham de que nada era imposible para Dios. Habiendo dicho esto, el Señor se concentró en Sara. Por primera vez en el relato, Él específicamente incluye a Sara por nombre en las promesas del pacto: «Dijo también Dios a Abraham: A Sarai tu mujer no la llamarás Sarai, mas Sara será su nombre. Y la bendeciré, y también te daré de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá a ser madre de naciones; reves de pueblos vendrán de ella» (Génesis17.15-16).
Quitando el pronombre posesivo («mi»), el Señor estaba eliminando el aspecto limitante de su nombre, puesto que ella iba a ser ancestro de muchas naciones. No hay indicación de que Sara estuviera presente oyendo esto; el contexto sugiere que no fue así. Podemos tener la certeza que fue Abraham quien se lo dijo la primera vez. Note su reacción:« Entonces Abraham se postró sobre su rostro, y se rió, y dijo en su corazón: ¿A hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir?» (Génesis17.17)
Probablemente en esa risa hubo más alivio y alegría que incredulidad. Podemos comprender el asombro de Abraham, matizado con una pizca de incertidumbre. Pero no lo confundamos con la incredulidad. En Romanos 4.20-21, el apóstol Pablo habla de esto mismo, y dice que Abraham tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido. Abraham también clamó a Dios para que no se olvidara de Ismael, en ese momento de trece años y sin duda amado por su padre. «Y dijo Abraham a Dios: Ojalá Ismael viva delante de ti» (Génesis 17.18).
El Señor inmediatamente reiteró la promesa concerniente a Sara: «Ciertamente Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Isaac; y confirmaré mi pacto con él como pacto perpetuo para sus descendientes después de él» (v. 19).
La promesa del pacto tendría su cumplimiento en el hijo de Sara, no en el de Agar (Gálatas 4.22-28).
Todavía el Señor tenía una cosa más que decir: «Y en cuanto a Ismael, también te he oído; he aquí que le bendeciré, y le haré fructificar y multiplicar mucho en gran manera; doce príncipes engendrarán, y haré de él una gran nación. Mas yo estableceré mi pacto con Isaac, el que Sara te dará a luz por este tiempo el año que viene (Génesis 17.20-21).
Desde el principio había aquí una promesa con fecha fija, que garantizaba a Sara su lugar en el pacto. Con eso, la entrevista estaba terminada, y la Escritura dice: «Y acabó de hablar con él, y subió Dios de estar con Abraham» (v. 22).
Abraham debe haber buscado de inmediato a Sara para contarle lo que el Señor le había dicho. Cualquiera haya sido su reacción, ella sin duda comprendió que Abraham había creído en la promesa, porque se circuncidó de inmediato y también cada varón en su familia «nacido en la casa o comprado como extranjero» (vv. 23-27)
SU FELICIDAD POR EL CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA
La próxima vez que el Señor apareció ante Abraham, uno de sus propósitos expresos fue renovar la promesa a favor de Sara de modo que ella pudiera escucharla con sus propios oídos. Génesis 18 describe cómo el Señor visitó a Abraham acompañado de dos ángeles. Abraham los vio de lejos, y (quizás aún antes que se diera cuenta quiénes eran) Sara empezó los preparativos de una comida para ellos. Les ofreció «un poco de agua… (v), y un bocado de pan», pero en realidad les preparó un medio becerro ofreciéndoles un verdadero banquete (Génesis18.4-8).
La buena voluntad de Sara para atender a los huéspedes minuciosamente y con tan poca anticipación es una de las pruebas de su sumisión a Abraham que el apóstol Pedro destaca como modelo de esposa. Pedro escribió: «Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor» (1 Pedro 3.5-6).
Este fue el primer ejemplo que a Pedro se le vino a la mente. De hecho, mientras Sara es presentada siempre como sumisa a Abraham, Génesis 18.12 es el único lugar del Antiguo Testamento donde se refiere a él como «mi señor». Mientras estaban comiendo, los hombres preguntaron, «¿Dónde está Sara, tu mujer?» (Génesis 18.9) «Aquí, en la tienda», respondió Abraham sugiriendo que sabía que ella lo alcanzaba a oír.
La Escritura describe los detalles de la conversación que siguió: Entonces dio: De cierto volveré a ti; y según el tiempo de la vida, he aquí que Sara tu mujer tendrá un hijo. Y Sara escuchaba a la puerta de la tienda, que estaba detrás de él. Y Abraham y Sara eran viejos, de edad avanzada; y a Sara le había cesado ya la costumbre de las mujeres. Se rio, Sara entre sí, diciendo: ¿Después que he envejecido tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo? Entonces Jehová dijo a Abraham: ¿Por qué se ha reído Sara diciendo: ¿Será cierto que he de dar a luz siendo ya vieja? ¿Hay para Dios alguna cosa difícil? Al tiempo seria dado volveré a ti, y según el tiempo de la vida, Sara tendrá un hijo. Entonces Sara negó, diciendo: No me reí; porque tuvo miedo. Y él dijo: No es así, sino que te has reído (Génesis 18.10-15).
La risa de Sara (igual que antes la de Abraham) parece haber sido una exclamación de gozo y de asombro más que de duda. Incluso cuando el Señor pregunta, «¿Por qué Sara se río?», ella lo niega.
Esa negación fue motivada por el temor. Estaba asustada porque no se había reído en voz alta, sino «dentro de sí». Tan pronto como se dio cuenta que este desconocido tenía tan seguro y minucioso conocimiento de su corazón, supo al instante, y sin ninguna duda, que aquello era del Señor. El año siguiente fue un año difícil y muy atareado para Abraham y Sara. Fue el año en que Dios destruyó a Sodoma y Gomorra (Génesis 18.16-19.29).
Y durante ese mismo tiempo, Abraham viajó hacia el sur otra vez, esta vez a la nación gobernada por Abimelec, rey de Gerar. Sara, aunque ahora de noventa años, todavía era lo suficientemente hermosa para agitar las pasiones de un rey. Lo que había ocurrido en Egipto veinticinco años antes volvió a suceder.
Abraham trató de presentar a Sara como su hermana, y Abimelec, prendado de su belleza, comenzó a perseguirla. Pero Dios protegió a Sara, advirtiéndole a Abimelec en un sueño que era la esposa de Abraham (Génesis 20.3).
La Escritura subraya el hecho de que Dios no permitió que Abimelec la tocara (20.6), para que no hubiera ninguna duda respecto del niño que ella pronto daría a luz. Abimelec, quien se asustó mucho cuando Jehová se le apareció en sueños, fue gentil con Abraham y con Sara. Fue pródigo en regalos para Abraham y le dijo: «He aquí mi tierra está delante de ti; habita donde bien te parezca» (Génesis 20.15).
A Sara le dijo: «He aquí he dado mil monedas de plata a tu hermano; mira que él te es como un velo para los ojos de todos los que están contigo, y para con todos» (Génesis 20.16) Según la Escritura, inmediatamente después de ese incidente, visitó Jehová a Sara, como había dicho, e hizo Jehová con Sara como había hablado. Y Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había dicho (Génesis 21.1-2). Sara le puso por nombre Isaac, que quiere decir «risa». Y dijo: «Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo» (21.6).
Así ella confesó la risa que anteriormente había tratado de negar. Aquí se nos da una fascinante mirada introspectiva al verdadero carácter de Sara por el hecho que ella vio humor genuino en la forma como Dios la trataba. «¿Quién dijera a Abraham que Sara habría de dar de mamar a hijos? Pues le he dado un hijo en su vejez» (v.7)
A pesar de sus ocasionales estallidos de humor y su batalla con el desaliento, Sara era, por lo general, una mujer afable. Después de esos largos años de amarga frustración, todavía podía apreciar la ironía y disfrutar de la comedia de llegar a ser madre en la vejez. Ahora se realizaba la ambición de su vida y el recuerdo de años de amarga decepción desapareció rápidamente de su vista. Dios había sido fiel en verdad.
SU DUREZA PARA TRATAR A ISMAEL
Sara tiene un papel principal en solo un episodio más narrado en la Escritura. Por lo que sabemos de esa cultura, Isaac fue destetado definitivamente cuando ya un niño de unos dos o tres años.
La Escritura dice: «E hizo Abraham gran banquete el día que fue destetado Isaac» (21.8). Era una ocasión para celebrar. Pero algo pasó que fue la gota que rebalsó el vaso de Sara en su larga lucha por aceptar a Agar como concubina de su esposo. Vio a Ismael burlándose de Isaac (v.9).
La Escritura no dice por qué se burlaba Ismael. Probablemente haya sido por alguna causa insignificante e infantil. Como cualquier padre lo podría confirmar, tal comportamiento no tiene nada de extraño en un niño de la edad de Ismael.
No tendría más de catorce años en esa fecha, recién saliendo de la niñez para entrar en la adolescencia, lo bastante mayor para ser responsable de sus actos pero no para ser sabio. Pero fue demasiado para que Sara lo soportara. Inmediatamente dijo: «Echa a esta sierva y a su hijo, porque el hijo de esta sierva no ha de heredar con Isaac mi hijo» (v.10).
Para Abraham, toda la alegría de la fiesta se esfumó en un instante. Después de todo, Ismael era su hijo primogénito. Lo amaba de verdad. Recuerde su primera súplica al Señor: «Ojalá Ismael viva delante de ti» (Génesis 17.18). ¿Estaba siendo Sara demasiado severa?.
En realidad, no. En la práctica, cualquier mujer forzada a compartir su marido con una concubina respondería a la situación del mismo modo. Ella era la verdadera esposa de Abraham. Agar era una intrusa.
Además, de acuerdo con la promesa de Dios mismo, Isaac era el verdadero heredero de Abraham, prometido por Dios para ser aquel por medio del cual la promesa tendría su pleno cumplimiento. Las cosas se enredaron más allá de la medida para Ismael, al estar en posición de alegar el derecho de primogénito por sobre el verdadero heredero nombrado por Dios para suceder a Abraham. Cuanto más permaneciera Ismael en tal condición, más era una amenaza al propósito de
Dios para Abraham. Así que, lo que puede parecer a primera vista como una reacción extrema no fue sino otra prueba de la gran fe de Sara en la promesa divina. Dios mismo confirmó la sabiduría de su demanda: «Entonces dijo Dios a Abraham: No te parezca grave a causa del muchacho y de tu sierva; en todo lo que te dijere Sara, oye su voz, porque en Isaac te será llamada descendencia» (21.12). Ismael no fue de ningún modo abandonado. El Señor prometió hacer de él también una gran nación, «porque es tu descendencia» (v.13).
En consecuencia, se apareció a Ismael y a Agar en su apuro y prometió cubrir todas sus necesidades (v.14-21). Además, entre Ismael e Isaac se mantuvo algún tipo de relación familiar porque cuando Abraham murió, ambos hijos enterraron a su padre al lado de Sara (Génesis 25.9-10).
El apóstol Pablo usa la expulsión de Agar como una ilustración del conflicto entre la ley y la gracia. Lo llama «una alegoría» (Gálatas 4.24), pero no debemos pensar que con ello está negando los hechos históricos que cuenta el Génesis.
En vez de eso, los está tratando como tipología o, mejor aún, como una lección de vida. Agar, la sierva, representa la esclavitud del legalismo; es decir, el intento por ganar el favor de Dios por medio de las obras. Sara, la esposa fiel, representa la perfecta libertad de la gracia.
Pablo recuerda a los creyentes de Gálatas, «Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa» (v.28), salvados por gracia, no esperando ser salvados por las obras. «Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora» (v.29).
Tal como Ismael se burlaba de Isaac, así los falsos maestros de Galacia perseguían a los fieles creyentes. ¿La conclusión de Pablo? «Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre» (v.30).
A pesar de lo brutal que parezca, hay un principio espiritual crucial, muy necesario y positivo en la expulsión de Agar e Ismael. Simboliza la verdad importante que el tipo de religión dependiente del esfuerzo humano (simbolizada por la trama carnal que
concibe a Ismael como un cumplimiento artificial de la promesa de Dios), completamente incompatible con la gracia divina (simbolizada por Isaac, el verdadero heredero). Y las dos se oponen una a la otra, de manera que ni siquiera pueden permanecer juntas.
LA FELICIDAD DE LOS ÚLTIMOS AÑOS
Después que Agar hubo sido expulsada, Sara regresó a una vida sana y monógama con su amado marido y su hijo, Isaac, que era un constante recuerdo para Sara y Abraham de la incondicional fidelidad de Dios. Hasta donde podemos saber, los restantes años los vivieron con alegría y paz. Sara no aparece en la descripción bíblica ni siquiera cerca de Abraham para el sacrificio de Isaac. Todo el hecho es solo representado como una prueba de la fe de Abraham.
Sara parece haber sido mantenida totalmente al margen de esto hasta que hubo concluido. Ocurrió en la región de Moriah (Génesis 22.2). (En generaciones posteriores, la ciudad de Jerusalén rodeó el área conocida como Moriah, y el monte, en el corazón de la ciudad, tue el sitio exacto donde de acuerdo con 2 Crónicas 3.1 estaba situado el templo). Moriah estaba aproximadamente a setenta kilómetros de Beerseba, donde Abraham residía en ese entonces (Génesis 21.33-34). En todo caso, la fe de Sara ya había sido muy probada.
Ella había demostrado desde mucho antes su confianza total en la promesa de Dios. Y el sello de la aprobación de Dios sobre ella está contenido en aquellos pasajes del Nuevo Testamento que la reconocen por su fidelidad constante.
A decir verdad, en la misma manera como la que el Nuevo Testamento retrata a Abraham como el padre espiritual de todos los que creen (Romanos 4.9-11; Gálatas 3.7), a Sara se la presenta como la madre espiritual y el antiguo arquetipo de todas las mujeres fieles (1 Pedro 3.6).
Lejos de tomar en forma aislada esos ejemplos memorables donde Sara actuó muy mal, la celebra como el verdadero prototipo de una mujer adornada con «el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible» (1 Pedro 3.4) Ese es el adecuado epitafio para esta mujer realmente extraordinaria.